Cumbre Cerro Gólgota – 14/05/2017 – Curso Iniciación al Montañismo – 26° edición.





Boletín Digital del CLUB AMIGOS DE LA MONTAÑA, Salta, República argentina.
1956-2016, 60 años de historias de montañas y desafíos bajo el mismo lema:


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sábado, 10 de abril de 2010

Intento al Chañi en Semana Santa

Saludos. Mientras llega el relato aqui va un slideshow:







Intento al Chañi

IntenIntIntento al Nevado de Chañi
El día miércoles 31 de marzo, Ale Cañizares, Pufi Díaz Patrón, Ale Villa, Román “cuate” Luna Anaya, Mari Martínez, Nati Matas y quien escribe, partimos rumbo al pueblito de El Moreno, por Purmamarca, en el noroeste de nuestra provincia hermana. El pequeño pueblo, ubicado a unos 3600 msnm, logró sorprender a estos desconfiados viajeros que no esperaban más que un arroyito y quizás dos colchones con buena suerte. Imagínese el lector nuestras caras cuando la encargada nos abre paso al hospedaje de adobe y vemos en el interior al más reconfortante y cálido lugar que se pueda haber visto en la altura; tan cálido que hasta calentito sin estufa era, unas camas que pegaban en la espalda de tanto abrigo y un baño que hizo que más de uno se arrepintiera de no haber llevado toallas pal’ bañito caliente. Nuestra travesía empezaba con el pie derecho.

Nuestra gran sorpresa siguió en el “pueblo-tour”, donde en medio de nuestros intentos por poner en práctica las clases de orientación del curso (¡ninguno sabía cuál era la Cruz del Sur!), fuimos a parar a la escuelita (que de escuelita no tenía nada) construida en los planes de escuelas impulsado en el 2008. No hace falta explicar la impresión que nos dejó semejante infraestructura en medio de los cerros; no tenía ni qué envidiarle a las escuelas de la ciudad y una vez más, éramos los de la ciudad lo que sumábamos motivos para envidiar a los que viven en estos lugares. Y esperen, que todavía hay más. El pueblo se ponía de acuerdo para darle a estos aventureros unas muy merecidas buenas noches, cuando a las 21:00 nos reunimos en el comedor de Don Vilte, a degustar el mejor menú gourmet de altura: cabrito, papitas andinas, choclos de la zona, ensaladas y una rica sopita.. y a la cama.

Al día siguiente salimos para Casa Mocha (4200 msnm) donde haríamos la segunda noche y donde ya por fin parte de nuestro montañismo VIP se terminaría. El camino está muy bien marcado desde el principio, con unos cuantos “mojones” parecidos a apachetas que van indicando la ruta a Casa Mocha, aunque ya la última parte del camino se torna cada vez más difícil de transitar y se hace más indispensable el uso de la 4x4. El viaje dura casi 2 horas, aunque no tanto por lo lejos, sino por el desgaste del camino. Llegamos a eso de las 12:00 y algunos se pusieron en marcha para armar carpas, preparar cocina, guardar bolsos, mientras que otros hacíamos el apoyo psicológico con unos mates calientes y las galletitas provistas por Almacén “Don Ale Villa”, su proveedor de altura. Listas las cosas, nos dispusimos a preparar y probar los crampones y más que nada a practicar no clavarnos alguna punta probablemente filosa en la otra pierna, técnica que se vio opacada por otra peor: la técnica del “afloje el peor tornillo trabado nunca antes visto”, con módulos dictados por Román “cuate”, Pufi Díaz y Ale Villa; trabajo de campo: los tres a la misma vez, uno destornilla y los otros dos giran. ¡No le garantizamos nada!

Pasamos el día entre mates y encuentros con otros grupos de montañistas (muchos por la ocasión, Semana Santa) que venían de varios puntos del país, algunos de Corrientes, Buenos Aires, Jujuy y por supuesto Salta. Si bien nuestro entusiasmo por atacar al Chañi era grande y nuestras expectativas lo eran más, los encuentros con cada grupo nos dejaban un hilito de desesperanza, porque entre ellos no faltaban apuntes al tipo de males de altura, compañeros descompuestos, faltas de piernas, o simplemente de que no se trataba de una montaña cualquiera; hasta llegaron a decirnos “primero el Aconcagua, segundo el Kilimanjaro y tercero el Chañi”.

La tarde nos pareció un poco más larga y lenta de lo normal, porque simplemente estábamos ahí, quietos, esperando y sólo esperando que llegue, y de a poco llegaba, ella, la aclimatación. Primero sentados en la caja de la camioneta, mientras nos turnábamos, algunos al mejor estilo de “La vida de los otros”, para usar el monóculo de Román y los binoculares de Nati, y jugábamos a ver quién ubicaba primero al grupito de montañistas que había dado la noticia por radio a sus compañeros de Casa Mocha de que habían desistido del intento de cumbre. Después, y antes de que muchos eligieran quedarse a dormir la siesta, fuimos a dar un paseo por los alrededores en busca de entrenamiento y a la vuelta a buscar más tiempo que esperar.

El clima era perfecto, ni una nube a 100 kilómetros a la redonda y lo mejor de eso: la noche. Estrellas por donde se quiera y aviones por donde se mire. En medio de la preparación de la comida (Nati ya comenzaba a destacarse por su gran arte culinario) sentimos los últimos pasos del último grupo que había quedado en la montaña, el único que había hecho cumbre. A diferencia de los anteriores, su alegría se transmitía y nos contagiaba a todos nosotros, y aunque no podíamos vernos las caras por la oscuridad de la noche, sólo escuchábamos el relato feliz y cansador de los conquistadores y sus palabras de aliento: “háganlo!”. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos y continuamos en lo nuestro, la comida y la larga noche que nos esperaba por delante.

Como dije, toda noche en la altura suele ser larga, y si alguien puede corroborarlo, ese fue Pufi (papá), quien castigado por la puna y por un dolor de cabeza incesante, se vio obligado a sumarnos uno más de nuestros hilitos: al día siguiente bajaría a El Moreno para dejar al Chañi esperando hasta nuevo aviso. Esa mañana ya habíamos quedado con Armando, el lugareño que llevaría nuestras cosas en sus burros hasta la tercera escala, el refugio Jefatura. Desayunamos, cargamos los burros y nos despedimos de papá, mi eterno compañero, para seguir con el resto del grupo rumbo al refugio. El día ya se presumía como los anteriores, increíble y el sol, a la mañana acogedor; al mediodía azotante. Ya partiendo para Jefatura (4900 msnm), nos cruzamos ahora con un nuevo grupo que venía con las mismas intenciones que nosotros, subir el Chañi.

El sendero que va hasta el refugio está perfectamente marcado desde Casa Mocha hasta Jefatura, y el buen acompañamiento del clima (y por supuesto de nuestros burritos), nos ayudó a demorar 2:45 hrs. en nuestra caminata. Llegamos al tan ansiado refugio y otra vez más el lugar estaba de nuestro lado. Era más grande de lo que pensábamos, con varios cuartitos sin techo, donde a uno lo usamos como cocina y otro, el más grande, bien techado, daba albergue a alrededor de 5 personas y una pared lo dividía de una cocinita que estaba ocupada por las mochilas de quienes venían antes que nosotros y que ya estaban atacando la cumbre.

Comimos y reafirmamos lo que ya sabíamos: Nati debe poner su restaurant de altura (Ale también muy buen chef). Un mimito más con duraznos en almíbar de postre y otra vez más, a esperar. Decidimos irnos a dormir temprano, muy temprano (a eso de las 17:00) con la idea de despertarnos a la 1:00 am. y salir a las 2:00. Esta vez, con la tarde-noche más larga de todas, faltaba un encuentro más con primicias para nada alentadoras: el grupo que había salido antes que nosotros le revelaba al desvelado Ale Villa que parecía que una tormenta se acercaba. En medio de la siesta, la puna no cede ante Román, quien también víctima de ella, decide quedarse al día siguiente en el refugio. Nos levantamos alrededor de la 1:00 y el cielo no se mostraba ni a favor ni en contra, arriba nuestro el cielo estaba bien despejado y la luna, un poco menos que llena, daba un buen tono de luz, así que cargamos las cosas, desayunamos liviano y salimos, fieles a nuestro plan, alrededor de las 2:00 am.

Comenzamos a caminar por un senderito que iba hasta el momento bien marcado, con un ritmo de subida muy habitual en estas circunstancias, muy despacito y pausado. En un principio los mojones se veían claros, algunos pintados y otros muy sobresalientes, pero alrededor de la hora de caminata y quizás también por estar en la noche, los mojones comenzaron a tomar distancia entre sí, el sendero de vez en cuando se nos perdía, y el acarreo se nos presentaba con unas cuantas dificultades. En eso, nuestras más temidas a lo lejos: las nubes, que en un principio parecía que solamente iban a rozarnos, pero al rato los cimarrones empezaron a cubrir las laderas cercanas a la nuestra y no solo el cielo se nublaba, sino también nuestras esperanzas. Particularmente la mía, que junto a mi rara sensación de puna y jaqueca, hizo que propusiera mi bajada y que Mari propusiera acompañarme.

De más está decir la ola de desaliento que esto nos iba dejando a cada uno, y en especial a los otros compañeros, que entre un “sigo” o un “bajo” en sus cabezas, nos poníamos de acuerdo para encontrarnos a la hora en la radio que le habíamos dejado a Román en el refugio. Mientras pautábamos normas de comunicación y Mari y yo, entre abrazos con ellos, tratábamos de impulsarlos a seguir, en nuestro descenso sentimos a lo lejos las últimas palabras que no tendrían vuelta: “bajamos con ustedes”. A todo esto, las nubes ayudaban a que la decisión no doliera tanto, porque se acercaban a nosotros cada vez con mayor intensidad y hacían que el paso fuera más rápido, no sería que nos agarren en el camino. A pocos metros antes de llegar al refugio, en nuestra radio comienza a sonar la voz de Román que nos alertaba de la amenaza de la tormenta y nos topamos por última vez con las últimas personas que se cruzarían en nuestro camino, era el último grupo que quedaba, dispuesto a llegar a la cumbre.

Llegamos a nuestro refugio, muchos en silencio, algunos derechito al termo con agua caliente y otros derechito a la cama. Nuestras hipótesis no parecían estar muy erradas, porque estábamos desayunando prácticamente con las nubes.

Al otro día, nuestra mayor sorpresa: Febo asoma ya sus rayos, el cielo turquesa en toda su expansión no muestra ni una puntita de nube, la luna sigue radiante con sus cráteres y manchas aún de día, el viento no parece ser más que una acogedora ventisca y el paisaje, más claro que la luna, nos pasa el parte de que aquel día sería increíble, sin tormentas, sin nubes… sin cumbre. Lo que cada uno pensó en sus cabezas quedará en esas cabezas.

Nos dispusimos a desayunar y a levantar campamento, y así como literalmente suena, a levantarlo enserio. Como habíamos quedado con Armando de que nos buscaría con sus burros el domingo después de la cumbre, teníamos dos opciones: o nos quedábamos otro día más en el refugio y esperábamos el porta cargas, o bajábamos todas nuestras cosas con lo único que teníamos a mano, nuestras espaldas. Por supuesto, la última fue elegida al unísono, y los que nos habíamos confiado en llevar hasta lo impensable pensando en que esas pobres criaturitas lo bajarían todo, comenzamos a imaginar la pila de hielo que necesitaríamos para calmar nuestras clavículas… por suerte yo solo necesité una cubitera. Dejamos toda el agua que nos había sobrado en el refugio para regalársela a Armando y de a uno fuimos bajando como caracoles con su casita en hombros a Casa Mocha. Después de casi dos horas de bajada y algunos descansitos en el medio, el paisaje se nos iba abriendo y nos regalaba el mejor cuadro para nuestros ojos: la camioneta blanca y radiante de Ale que nos esperaba con su caja vacía para tirar a la qué me importa las mochilas y demás cargas pesadas. Habíamos llegado.

Ya todo el grupo abajo, ordenamos las cosas, pusimos el motor en marcha y nos despedimos de nuestro gran amigo Armando, “¡hasta la próxima!”. Comenzamos a bajar con el Chañi a nuestras espaldas, y aunque la experiencia había estado impregnada de sensaciones y emociones de todo tipo, nuestras caras tenían ese no sé qué de aires renovados, sabíamos que en algún momento volveríamos, y por eso solo nos dispusimos a pensar e imaginar todo tipo de comidas y menús, el mexicano por supuesto no podía faltar, con todo tipo de condimentos, ají chileno, aguacate y el más temido y querido por Román, el supuestamente rico y degustoso puta parió, combinado con el infaltable y verdadero tequila guardado en la despensa de Cuate para ser abierto algún día por sus amigos de la montaña y con mi licencia y el permiso de papá por ser menor de edad. Todavía lo seguimos esperando.

Llegamos a Purmamarca y nos metimos al pueblo en busca de algún bolichón para comer y sólo comer. Comidas las empanadas y algo renovados en el baño, nos subimos por última vez a la camioneta y seguimos viaje. En el camino no faltaron anécdotas de todo tipo y el cuento del gallo Pedro de Cuate, hizo que por primera y esperada vez se olvidaran de que la menor era menor y que las risas de todos no distinguieran edades (Cuate, si papá te dice algo, yo no me hago cargo jaja). Llegamos al cruce donde comienza la autopista que va a la entrada de Salta y papá y toda la nueva familia del CAM, los Díaz (menos el perro), nos estaban esperando con los autos para seguir con los que iban a Salta, así Ale Cañizares seguía rumbo a sus pagos, a Rosario de la Frontera. Nos saludamos y despedimos de todos y comenzamos el fin del viaje, el regreso a casa.

Como toda montaña, ésta nos dejó lo que quizo dejarnos, un mar de sensaciones y aprendizajes irreemplazables y un nuevo conocimiento que cada vez se nos hace más presente: de todos los factores, el humano es el más increíble.

Lo dijo el dicho: Regresar sanos, regresar como amigos, llegar a la cumbre… en ese orden.

Saludando a toda la gran familia del CAM, les dejo un gran gran abrazo montañés!

Cande Díaz Márquez.-



Teléfonos y datos útiles:

Hospedería “El Moreno”: 0388 - 7493015

Armando (lugareño/guía/burros): 0388 - 154758188

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