Cumbre Cerro Gólgota – 14/05/2017 – Curso Iniciación al Montañismo – 26° edición.





Boletín Digital del CLUB AMIGOS DE LA MONTAÑA, Salta, República argentina.
1956-2016, 60 años de historias de montañas y desafíos bajo el mismo lema:


"Lo Mejor para el Compañero"

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jueves, 22 de septiembre de 2011

Huayna Potosi (6088 msnm) – Cordillera Real – Bolivia

 Y llegó el día, sábado 10 de septiembre de 2011, a las 00:30 hs., para que comenzáramos el viaje planeado durante varias semanas. El grupo estaba formado por Marisol Martínez, Laura Figueroa, Natalia Matas (quién viajó con su marido por su cuenta para juntarnos en La Paz), Héctor “Gringo” Reyna, Alejandro Díaz Patrón, y un integrante de último momento, mi hijo, Santiago Díaz Márquez. Hicimos la clásica, ómnibus hasta La Quiaca-Villazón, tren hasta Oruro, y ómnibus hasta La Paz. Total: 36 horas de viaje. Aunque con algunos percances, a Marisol le robaron una mochila en el tren con plata y papeles de migraciones, el viaje fue muy entretenido. Cuando nos acercábamos a La Paz, vi sobre la Cordillera Real muchas nubes y pensé que no íbamos a tener buen clima como había sucedido cuando estuve en el año anterior. Ya en La Paz, nos encontramos con Natalia en el hotel y empezamos a planificar la salida al Condoriri (5648 msnm en la Cabeza de Cóndor), que era el cerro elegido por todos para la expedición. El lunes 12, nos reunimos en la agencia que nos prestaría el servicio de logística, donde charlando con el dueño nos sugiere algo que ya me había anticipado por teléfono; por la época y el pronóstico, resultaba mas fácil hacer el Huayna Potosí donde tiene montados dos refugios, uno en la base (4750 msnm) y otro a los 5300 msnm. En el Condoriri, ya el hielo se estaba degradando por lo avanzada de la temporada, cosa que en el Huayna todavía estaba bueno para subir por su cara sur (ruta normal). Tomamos la decisión y cambiamos el Condoriri por el Huayna, también seducidos por un precio tentador. Pagamos y nos fuimos al depósito de la agencia a elegir el equipo que iba a llevar cada uno, que en general, constaba de pantalón y campera impermeables, polainas, botas dobles, mitones, casco, piqueta y grampones. Al medio día partimos rumbo al cerro en un viaje que duró 1 hora y media aproximadamente, llegando al refugio donde se disfrutaba de mucha comodidad, cuartos con camas y cuchetas, baños con agua caliente, espacioso lugar para reunirse, y lo más importante, estaba Juana, la cocinera, quién nos hizo platos típicos y nos alimentó muy bien para la subida, y gozamos de un paisaje magnífico al lado de un lago artificial de aguas verdes y al pie del mismo Huayna. Dejamos todos los bultos, nos pusimos el equipo y nos fuimos al glaciar a practicar caminata y escalada sobre hielo. Mi hijo, Santiago, si bien estaba muy bien de salud, se cansó muchísimo por su falta de entrenamiento y costumbre de usar equipo pesado de montaña. Volvimos ya caída la tarde a comer y descansar. El martes amanecimos temprano porque a las 7 de la mañana salían Laura y Natalia con el guía Mario a subir el Nevado Charquini de 5390 msnm, así que las despedimos, y los demás nos quedamos a descansar y planear la subida al Huayna. Estuvieron de vuelta alrededor de las 17 hs. con la cumbre lograda. Empezamos bien, ya teníamos una cumbre en la mochila y ahora íbamos por otra. El miércoles pasamos la mañana acomodando mochilas y equipos para subir al Campo Alto. 4 guías nos acompañaban ya que a los 3 nuestros se agregó otro que venía con Manuela, una austríaca muy simpática y muy decidida que se unía al grupo. Santiago ya había tomado la decisión de quedarse en el refugio del campo base y Marisol estaba en duda porque había amanecido con cierto malestar estomacal. Al mediodía, después de almorzar, comenzamos el ascenso. Me despido de Santiago con un abrazo y solo alcancé a decirle, “si hago cumbre te la dedicaré a vos. Te quiero”, y él me dijo “cuidate viejo”. Fue todo. Nos fuimos y lo vi desde lejos como nos miraba, levanté una mano en un saludo que él me devolvió y sentí que algo dentro mio se hacía trizas. Más adelante, ya solo era un punto a la distancia e hicimos lo mismo, apenas podía contener las lágrimas, y ya no lo vi más. Extrañas y fuertes emociones nos suceden en la montaña. Un poco mas adelante, Marisol decide regresar porque no se sentía bien y se vuelve con Germán, uno de los guías. Pobre Marisol, había hecho mucho esfuerzo para estar allí y no pudo ser. Llegamos al Campo Alto, tomamos líquidos, sacamos fotos y a cenar a las 6 de la tarde y a dormir hasta las 12 de la noche. No pegué un ojo ni un segundo en esas seis horas. Suena el despertador y ya harto de esperar salto de la cama; al fin llegó la hora. Nos vestimos, y a la 1 de la madrugada nos encordamos con los distintos guías, en mi caso me toca con Mario, por suerte, ya que era con el que mejor onda tenía. Comenzamos la caminata con un cielo estrellado y nuestros frontales iluminando, íbamos despacio porque la pendiente lo exigía. Éramos los primeros de todos los grupos, que no eran muchos, en subir. Adelante iba Manuela con su guía Feliciano, yo con Mario, y atrás Natalia con Laura y el guía Félix. El Gringo decidió no ir a la cumbre y quedarse en el Campo Alto. Teníamos una larga caminata esquivando grietas o saltándolas hasta llegar a una pared vertical de unos cinco metros donde había que escalar, luego mas caminata, mas grietas, y llegamos a otra pared donde había una senda en diagonal en el hielo pero muy empinada y complicada por lo irregular del suelo y los penitentes que tenía. Mas grietas, mas subidas empinadas y difíciles, yo empezaba a claudicar en mi mente, estaba muy cansado y sin piernas ya, le digo a Mario que creía que podía hacer cumbre pero no tener fuerzas para regresar. “Esa es una decisión muy personal, yo, desgraciadamente, no puedo cargarlo” me dijo. “Bueno, esta bien, sigamos un poco mas” le dije; y pensaba en Santiago. Manuela seguía a paso firme y eso me animaba a continuar. Ya no sabía nada de Natalia y Laura que se habían retrasado mucho y no se veían sus linternas. Seguimos por un largo rato subiendo, saltando grietas, esquivando penitentes, en un camino que parecía interminable. Llegamos a un punto de descanso donde pienso de nuevo en abandonar y volver y se origina el mismo diálogo con Mario, “esta bien, sigamos un poco mas” le digo. Al rato empezamos a ver la cumbre y lo empinado del último tramo, lo encaramos ya aclarando el cielo y con nubes cerrándose sobre nosotros con una leve nevada. Avanzamos despacio, el filo es angosto y mete miedo, pero todo tiene un final y a las 7 de la mañana hacemos cumbre. Nos fundimos en un abrazo los cuatro. Por Dios, que pedazo de cerro, que duro que fue todo. Pienso en la gente que dice que el Huayna es fácil, “es solo un trekking” se escucha o “es el mas fácil de los seismiles”, creo que no saben lo que dicen, me pareció mas fácil el Chañi, por ejemplo, que el Huayna. Y pienso en algo que aprendí hace mucho: nunca, pero nunca, subestimar una montaña, y gracias a Dios no lo había hecho en este caso. Descansamos, la cumbre es muy chica y no cabe mucha gente por lo que a medida que vayan llegando los otros grupos tendremos que bajar. Manuela saca una petaca de Tres Plumas y brindamos por el logro obtenido. Lo malo es que las nubes no nos dejan ver el paisaje maravilloso que uno sabe que está ahí, al oeste veríamos el Titicaca, al norte y sur toda la cordillera, bajo el Illimani la ciudad de La Paz y El Alto; en fin otra vez será. Internamente le dedico la cumbre a mi hijo como le prometí. Empiezan a llegar otros grupos, unos italianos, españoles, etcétera. Decidimos bajar y por supuesto no es mas fácil que subir pero ya estoy repuesto y voy a buen ritmo, ahora la que no está con piernas es Manuela y se retrasa un poco. Mas abajo, me encuentro con Laura y Natalia ya decididas a regresar por el cansancio, trato de animarlas porque les faltaban entre 180 y 200 metros de desnivel, pero no hay caso, están muy cansadas y no pueden seguir. Volvemos juntos, desescalamos paredes y saltamos grietas, y por fin el refugio donde nos espera el Gringo. Estamos mojados y con frio, ya sin ropa seca, guardamos todo y nos vamos para abajo. Mientras caminamos por la nieve con grampones no tenemos problemas, pero mas allá, llegamos a las piedras donde nos los sacamos, también las botas dobles y nos ponemos las de trekking, y ahí comienza el problema porque las piedras tenían una fina capa de hielo encima y era muy difícil caminar por ellas sin patinar. Nos cuesta varios porrazos feos, pero como ya dije todo tiene un final. Llegamos al refugio y me fundo en un abrazo con mi hijo. Nos apuramos a guardar todo, almorzar, y con la combi en la puerta cargamos los bultos y nos fuimos a La Paz a buscar la ducha merecida. Estaba destruido, me dolía todo. Dormí 12 horas seguidas. Ese viernes en La Paz había un paro cívico, la ciudad estaba paralizada y solo con algunos negocios abiertos. Me levanto y me entero que Laura y Marisol habían partido a las 5 de la mañana con destino al Titicaca, no podía creer que tuvieran fuerzas y ganas para hacer eso. Estuvieron de vuelta recién a las 19 hs., justo para ir a celebrar el tercer tiempo en el restaurante El Lobo, muy conocido por los salteños que van a La Paz, con unas pizzas espectaculares y viendo el partido Los Pumas-Rumania. El sábado nos levantamos temprano porque teníamos vuelo a Tarija a las 9 de la mañana y así nos despedimos de la Cordillera Real, vista desde el aire. Luego, en Tarija, un remis que nos lleva a toda velocidad hasta Bermejo en la frontera, ya en suelo argentino otro remis nos lleva hasta Orán y desde allí un ómnibus hasta Salta para llegar a las 00:30 hs. del domingo, despedida con cierta tristeza y cada uno a su casa. Cuando llegamos con Santiago, dejamos los bultos, nos miramos y nos dimos un fuerte abrazo, “gracias hijo por tan linda compañía” le dije y me contestó “no , gracias a vos viejo por invitarme”. Que falta me hacía hacer un viaje con él, ya había hecho otros con Candelaria y con Magdalena, mis otras hijas, pero me faltaba con Santiago. En fin, un viaje inolvidable para ambos, y creo que para todos los del grupo porque siempre solo hubo buena onda desde que salimos hasta que volvimos a Salta.


Alejandro Díaz Patrón.-

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