Hace un par de horas largas que iniciamos la
marcha, el sol aún no sale pero ya ilumina el horizonte deformado por la
silueta de infinitas montañas; no lo vemos todavía, pero única y claramente
ilumina la pirámide cumbrera. Por eso
venían, me digo…, a adorarlo a él, a Inti, era el primer lugar donde tocaba
la tierra en estas latitudes, en la cima del Llullaillaco.
…miradas centenarias y ecos de otra época se
confunden con el sonido de nuestros pasos, el roce de la suela de la bota con
la arena volcánica y la piedra pómez, ¿ como habrán subido con “uyutas” de
cuero y lana?. Mi pensamiento se ve constantemente interrumpido con el jadeo de
mi respiración acelerada, el pecho que juega al trancabalanca con mis latidos
haciendo ascender y descender el ritmo
de mi corazón de manera permanente. ¿ Ellos habrán subido por aquí, con la
misma dificultad que yo?, no lo creo…
Siento el ladrido de un perro…¡ imposible!;
¿los incas tenían perros o vinieron con los españoles?, escucho eco de voces…
de seguro son la de mis compañeros que vienen detrás…no pueden ser otras…; la
mirada de un niño sobre mi, no tiene las ropas de la actualidad; otras personas
que me observan vestidas igual que èl. Sigo subiendo a ritmo sostenido a pesar
de esa pendiente y ese terreno que se encarga sistemáticamente de intentar
sacarme justamente eso, el ritmo. Tres pasos para arriba y dos para abajo sin
quererlo ya que el suelo se desliza bajo mis pies intentando hacerme retroceder constantemente. Ellos deben haber
tenido otro andar, seguramente ágil, liviano y acompasado, no este brusco y
torpe mío; ¿y el frio?, me entumece los dedos, tanto de las manos como de los
pies, ¡ a moverlos casi constantemente !, el cosquilleo me hace saber que aún
están allí sin congelarse.
Algunas pircas a los costados de la huella me
distraen para que el fastidio de este
andar desacompasado no se imponga en mi. ¿Son tambores este ruido que retumba
dentro mio?, no, es solo el latir de mi corazón que percute en mi pecho, es el
único ritmo que siento. Observo los vestigios de las pequeñas viviendas, trozos
de maderas que habrán oficiado de leña y otros largos con forma de tirantes de
techo, ¿ que madera será, de donde la habrán traído?, hasta los pedazos de cardón
parecen extraños a este lugar, la última planta de esa especie que vi fue a más
de trescientos kilómetros.
Me siento a esperar a mis compañeros en una
piedra grande y firme que encuentro. El viento me sigue trayendo ruidos ajenos
a la quietud del paisaje que me circunda; murmullos, se que me observan. Aparece Norma, aprovecha mi descanso para
tomarse el suyo, se sienta también. Al cabo de unos minutos veo a Pancho que viene encabezando el grupo,
detrás Ale, Santiago, Raúl y Ricardo; les hago señas de aliento,
fundamentalmente a Santiago cuya persistencia me conmueve. Me levanto y
reinicio la marcha, Amigos de esta y otras épocas con quienes compartí esta
montaña vienen a mi cabeza, a algunos los invoco para que me asistan ahora,
junto al amor y a los afectos hasta me creo tener ventajas sobre las
dificultades de la montaña, ella me hace sentirlas, en mis pies, en mis
piernas, en mis pulmones; pero fundamentalmente la siento en mi alma y en mi cabeza, ese sentir es el que me hará
subirla.
Más vestigios de esta enigmática civilización
se hacen presente, una vivienda con sus paredes y tirantes casi intactos marca
un cambio en la montaña. Topografía diferente que muestra la huella hacia la cumbre y promete un paso más armónico;
aún falta pero ya queda menos.
¿ Como habrán sido estos últimos pasos para
ellos?, ¿habrán sabido estos niños que la cumbre de la montaña era el inicio de
su paso a otra vida, a la eternidad?. Fin de un camino y comienzo de otro.
No obstante se puede marchar rítmicamente ya,
el cerro te sigue exigiendo, la altura hace sentir lo suyo y ya las reservas no
son las mismas; sin embargo un ímpetu, una fuerza interna me sigue empujando
hacia arriba. Promontorio cumbrero y el
altar donde los niños tuvieron su morada que creían eterna y definitiva…., más
allá la cumbre geográfica, un frio roquerìo erosionado por las inclemencias, a
sus pies y bajo su protección, dos viviendas semicirculares, ¿allí los
prepararon?, ¿fue donde habrán pasado su última noche?, ¿lugar donde pernoctarían
quienes luego venían a venerarlos?.
Llegamos al umbral de la cumbre sagrada, es
solo hacer dos pasos más para encaramarse en ella, decido esperar a mis
compañeros y se lo digo a Norma; se emociona y me dice que quiere subir…”anda, hace cumbre, yo espero a los chicos
aquí”.
Carlo Clerici.-

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