09/07 - Cerro Negro: Bautismo de Alta Montaña – Curso2016 / 25° edición.





Boletín Digital del CLUB AMIGOS DE LA MONTAÑA, Salta, República argentina.
1956-2016, 60 años de historias de montañas y desafíos bajo el mismo lema:


"Lo Mejor para el Compañero"

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viernes, 21 de junio de 2013

Salida al Torreón de la Cuesta – 17 de junio de 2013

Empezó el viernes, con un mail de la Pao: “Tengo ganas de ir al Torreón el lunes, ¿quién se prende? No sé cuántos autos hay ni quienes se van a prender pero largo la idea”…
… ¡y la idea largó y prendió nomás! Para algunos era una forma distinta de aprovechar el feriado y seguir con ritmo, para otros una oportunidad de reconectarse con las actividades - por no haber podido ir al Yacones-, o de tener una revancha de otras veces de intentar el cerro y no poder por mal tiempo. Era, para todos, una nueva oportunidad de compartir con amigos del club un día de excursión y charla en un entorno único.
Nos juntamos en la Escuela Normal a las 07:30. Salimos Alberto, Juan Manuel, Lucía, Marianela, Matías, Paola y quien escribe. Para alegría de todos, y como forma de empezar con sorpresas la jornada nos encontramos con Jota, Osvaldo y Natalia, que estaban saliendo para San Lorenzo. Organizamos los autos, nos saludamos y deseamos suerte, y partimos hacia el Cerro.
Llegamos a más o menos las 09:30. Con muchas sonrisas y energías gracias a los mates y la buena conversación en la ruta, dejando los autos frente a la Cafetería de Doña Margarita, empezamos a subir cruzando el río, encarando por una subida al este del cerro, siempre guíados por Pao y junto a una perrita lugareña que fue compañía y guía por el resto del día. La bautizamos Armandita, por su gran energía, la manera en que iba atenta a todos, al camino, ¡y por cómo nos marcaba un ritmo!
El camino fue tranquilo y divertido. Las nubes que había al amanecer se fueron despejando y dieron lugar al sol y un cielo celeste impecable, haciendo que todos rápidamente pusiéramos los abrigos en la mochila y siguiéramos caminando más frescos. Esas mismas condiciones nos permitieron, mientras avanzábamos, ir observando el terreno (lo cual fue muy útil después), frenando para disfrutar la vista del camino recorrido e ir descubriendo formas y sacando lindas fotos, incluso Armandita posó para fotos con Matías. Mientras rodeábamos las paredes de piedra que cubren el lado este del cerro nos apareció la majestuosa vista de las paredes del Transatlántico, y sobre él pudimos ver un grupo de 12 Cóndores sobrevolando. Nos quedó picando una pregunta, ¿qué altura tendrían esas paredes? ¡A ojímetro no pudimos ponernos de acuerdo!
Pasando a la quebrada al sur del cerro perdimos de vista al sol, que quedaba detrás del mismo, y empezamos a caminar en una zona completamente distinta a la anterior. Aquí la vegetación y los helechos abundaban, el suelo estaba húmedo e incluso había un pequeño arroyo. Intentando ganar altura intentamos una nueva técnica de subida (el alambradismo), en el que Pao y Lu fueron pioneras, y después probamos algún otro camino hacia arriba, también sin éxito. Las paredes de piedra resultaban un obstáculo insalvable. Decidimos, así, cruzar el arroyo y avanzar por el lado izquierdo de la quebrada.
Entre chistes y charla avanzamos hasta encontrar unas cuevas en la ladera del lado izquierdo, momento en el cual mientras algunos intentaban verlas de cerca y sacar fotos decidimos frenar a comer. Eran las 14:00, y los intentos de subir habían hecho que necesitáramos recargar energías. Pasar de gas a nafta de nuevo, diría Matías. Por suerte, había nafta de sobra. Había de todo, desde los tradicionales sándwiches de pollo, milanesa, hasta algunos más originales pensados por Alberto, con palta y queso (completados con zanahoria, cortesía de Marianela). Fue un manjar cuyo punto cúlmine estuvo en el membrillo y chocolate que Pao, previsora y generosa, había llevado. Nos recostamos unos minutos a disfrutar del sol y continuamos con la marcha, ya que por seguridad habíamos definido como hora máxima para emprender el regreso a las 15:30 y todos teníamos ganas de llegar a la cumbre.
El camino elegido fue el que veníamos recorriendo – que tenía como ventaja adicional estar al sol-, por lo que evitamos tomar las desviaciones hacia la derecha. La digestión, junto a una pendiente constante hicieron que el ritmo disminuyera, pero jamás se detuvo. Si alguno se sentía más débil, las pilas del grupo y los chistes servían para recargar pilas automáticamente y continuar. La concentración de todos fue ayudando, además, a ir identificando algunas señales del camino para la vuelta. Después de ascender durante casi una hora, llegamos al final de ese camino. Pao, que era la única que había estado allí antes, nos dijo que no era la cima del Torreón, pero rápidamente dejó de importarnos si era o no. La vista era fantástica. Una ola de energía y alegría nos llenó a todos al encontrarnos frente a nosotros – hacia el noroeste - , del otro lado del río y detrás de algunos cerros con una cumbre emblanquecida por la nieve. Como si esto fuera poco, hacia el noreste se podía observar el valle recubierto de nubes. Luego de unos minutos de contemplación volvieron las risas, los chistes y varias fotos, ¡no importaba si era o no “la cumbre”, era un momento precioso, en un lugar fantástico y con una compañía inmejorable!
Luego de un rato allí, de que Marianela disfrutara de una sesión de fotos y de que con Lu volviéramos a ponernos las mochilas (¡no hay que separarse del equipo de emergencia!, nos recordaron), emprendimos la bajada, a “velocidad crucero”, como dijo Alberto. Desde arriba podíamos ver lo rápido que las nubes iban avanzando, y se volvía predecible que el valle y la quebrada se iban a llenar de neblina rápidamente. De hecho, luego de 20 minutos nos encontramos envueltos en ella. El sol se empezaba a esconder tras los cerros – quedándonos su reflejo en el lado Norte de la quebrada – y se hizo necesario volver a abrigarse. Caminando rápido, y con el camino claro gracias a los puntos que nos fuimos grabando, salimos en 45 minutos de la quebrada y volvimos a la parte abierta del camino. La neblina se hacía cada vez densa pero la senda ya era única y sabíamos que llegaríamos abajo antes de que atardeciera, así que continuamos tranquilos.
El descenso no terminó sin antes una pequeña lección para que nos quedara. Llegando al final del filo que une el lugar por el que subimos con la pared Este nos encontramos con una bifurcación, que tomamos por la derecha. Nuestro siguiente punto de referencia eran unos arbolitos en los cuales habíamos frenado de ida a tomar agua, pero tras caminar un rato no los encontramos. Vimos, en su lugar, un alambrado que ninguno recordaba. Frenamos, y chequeando el GPS del celular nos encontramos que, efectivamente, no era por donde habíamos subido, ¡habíamos tomado mal la bifurcación! Empezamos a emprender el regreso para tomar por el otro lado pero, antes de que avanzáramos mucho, Juan Manuel y sus dotes de explorador vinieron al rescate. Saliendo de la senda y ganando altura alcanzó a ver, desde arriba, a los arbolitos a los lejos. Cortamos todos por el camino que él había abierto y, siguiéndolo, llegamos a los arboles y continuamos el descenso. La lección, sin embargo, estaba aprendida: hay que intentar que las referencias que uno tome sean fácilmente visibles – y continuas – incluso si la niebla cubre el lugar, más aún cuando se trata de lugares en los cuales es un fenómeno natural probable. Además, frente a bifurcaciones o dudas, siempre hay que consultar el GPS antes de seguir, ¡es más práctico que usarlo después para darnos cuenta de que nos equivocamos!
Bajando el último tramo la niebla se disipó y pudimos disfrutar del espectáculo de la “hora mágica” en el horizonte y de los últimos rayos bañando algunos campos. Terminamos de descender a las 17:45. Una vez en la base cruzamos el río, elongamos un poco y enfilamos derecho a lo de Doña Margarita, donde pudimos concretar un sueño que se venía gestando desde el almuerzo: ¡una taza calentita de café con leche acompañado con tortillas!
Charlamos un rato, cargamos los termos con agua caliente para los mates del regreso y, estando ya oscuro, nos subimos a los autos para volver, nuevamente disfrutando del camino con lindas charlas sobre la vida, el club, y lo hermoso de volver a una semana cortita, ¡nunca hubo un lunes con tanto sabor a Domingo!
Como dicen en el club, la salida no termina hasta que cada uno no vuelve a su casa sano y salvo. Todos, por suerte, volvimos, y no sólo sanos y salvos, sino también con las piernas hermosamente cansadas, una sonrisa en los labios y, por lo menos yo, con el pensamiento de lo poco que importa lle
gar o no al lugar originalmente planeado en la salida, cuando uno disfruta entre amigos de todas las cosas lindas que se encuentra en el camino, mientras se sorprende de los paisajes que esta linda provincia nos regala.

Matías M. Salom

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